Un guiño para los clubes de Jazz
En la actualidad, al hablar de jazz prestamos demasiada atención –y digo demasiada, por que esta se torna prácticamente exclusiva- a los conciertos en auditorios y, por lo general, con un presupuesto significativamente abultado. Con demasiada frecuencia, obviamos la actividad de los escenarios cotidianos, esos que día a día nos ofrecen nuestra realidad más próxima y con toda una serie de actuaciones que conllevan, por añadidura y característica, la cercanía del artista convertida en una complicidad de intimidades. Olvidamos que fue en los clubes repletos de humo –atmósferas, por cierto, en vía de extinción de prosperar la nueva ley antitabaco-, con los inoportunos ruidos del hielo repicando en los vasos y con el inevitable murmullo de la cofradía de aficionados, donde realmente se forjó el jazz.
Qué sería del género sin el Cotton Club, creado por el gangster neoyorquino Owney Madden para distribuir cerveza y alcohol de contrabando y blanquear beneficios, o sin el Village Vanguard de la séptima avenida, el Ronnie Scott’s Club londinense o del Montmartre de Copenhague, por poner sólo algunos ejemplo de abolengo internacional.
Evidentemente cualquier comparación puede resultar odiosa. No son ni los tiempos, ni se dan las circunstancias oportunas para que esa estampa pueda protagonizar nuestro día a día. Aunque, no obstante, no deberíamos de descuidar en exceso a esos locales, y me refiero a los más próximos, llámense Jazz Voyeur Club, Harlem, Sa Clau, Blues Ville o Blue Jazz Club Saratoga que mantienen incansablemente viva la llama de este género musical afortunadamente maldito. Locales que sobreviven más por la ilusión y la creencia personal de sus propietarios en una ética y estética que por cualquier otra cuestión de rentabilidad económica. Escenarios que mantienen ese universo de permanencia entre concierto y concierto de gran escenario o festival. Ello son prácticamente los únicos protagonistas que soportan la responsabilidad de alimentar a los aficionados, de forjar nuevos seguidores, acérrimos y empedernidos aficionados al jazz.
No cabe duda de que sin esos locales, sin el día a día, sin las distancias cortas, con o sin humo, el jazz embocaría una agonía lenta pero de muerte certera.
Pensemos en ellos aunque sólo sea durante el instante en que se leen estas líneas. Unas palabras encadenadas que tan sólo pretenden ser un guiño a quienes permanecen al pie del cañón vigilando la pervivencia de lo que para algunos de nosotros se ha convertido en mucho más que una apasionante afición.
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